Poco a poco veo cómo mis sueños se vuelven cada vez más lejanos, quizás imposibles de alcanzar; quiero pensar que todo lo que está sucediendo es temporal, que tuve la mala suerte de que todo se juntó en el mismo lapso de tiempo, y que por ello es que estoy tan sacada de onda y desorientada en un mundo que, hasta ahora, lo veo pero como si estuviera yo dentro de una jaula.
La libertad podría ser mi única opción, el motivo por el cual sigo adelante; a veces quisiera que solamente fuera suficiente con decir que haré tal o cual cosa, que las cosas que pienso salieran exactamente como lo he planeado, como me lo esperaba. Ojalá muchas veces no tuviera que esforzarme tanto en cosas que al final parecen sin sentido...
Mi mamá está a mi lado y se me ha quedado mirando de una forma muy rara. La verdad es que no me gusta cómo me mira, no me gusta cómo me juzga sin decir ni una sola palabra, ni tampoco cómo es que desvaloriza cada acción que realizo, cada palabra que digo, cómo mantiene al margen de sus propios intereses mis opiniones e inquietudes con respecto a mi propia vida. A veces me pregunto si quiere que sea la persona que nunca fui, el niño que esperaba tener pero que al final le salió sin pene y con pechos que se desarrollaron mucho tiempo después; a veces me pregunto si las expectativas que tiene de mi vida es que estaré a su merced... porque me parece que así fuera, que está esperando que haga lo que quiere siempre, tal como hasta ahora lo he hecho. A final de cuentas, me pregunto si voy a cargar con algo que no me corresponde, como siempre lo he cargado hasta ahora.
He sido juzgada desde siempre por mis ideas, mis pensamientos, mis sueños, mis acciones, mis palabras, mi aroma, mis costumbres, mi forma de vestir y de peinarme, la forma en que me maquillo, la carrera que decidí estudiar. He sido burro de carga de los errores de los demás, las tardanzas, los descuidos, los accidentes, las enfermedades, la culpa y la vergüenza ajena... como si a mí me importara mucho lo que los demás piensen de mí. He sido juzgada por mi propia familia como estúpida, inútil, huevona, lesbiana, resbalosa, puta, cualquiera, vergüenza para la familia... loca por querer hacer algo distinto a los demás, por quererme elevar y revelar diciendo que no quiero permanecer en la mediocridad y el conformismo, que quiero ir más allá, que no quiero casarme ni tener hijos pronto, que quiero viajar, que quiero independizarme, que quiero ser yo.
Y sin más, al final... ¿qué hay? Desgaste emocional, tristeza, fatiga, anhelo, sueños que se ven cada vez más lejos; deseos de partir, de volar, de ser quien quiero ser, de mandar todo a la chingada y decirles que se pueden meter las opiniones por donde mejor les quepan... deseos de demostrar que puedo hacer lo que quiero, a pesar de sus constantes ofensas y desvalorizaciones.
Pero luego, regreso a la realidad. Sentada ante la laptop, me dedico a escribir lo que quisiera, a tolerar las represalias, los disgustos, a cargar las culpas que no me corresponden.
A veces, mis sueños se ven tan lejanos...
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viernes, 2 de agosto de 2013
martes, 21 de agosto de 2012
Consistencia de flan
Habían pasado
ya 12 días y las esperanzas de que fueran rescatados se veían increíblemente
lejanas. Sergio había dedicado los últimos dos días a revisar la isla de cabo a
rabo para buscar cualquier cosa que se pudiera comer ya que los víveres, esos
pocos que lograron rescatar del bote antes de que la marea se lo tragara,
comenzaban a escasear; Sofía por su parte intentaba gran parte del día
construir de manera muy rudimentaria algún tipo de choza bajo la cual pudieran
resguardarse del sol y la lluvia inesperada.
Durante un
viaje de placer, Sergio y Sofía habían sufrido un choque con un arrecife de
coral, lo que provocó que el bote donde viajaban ellos solos se hundiera
irremediablemente. Lograron alcanzar la orilla de una isla cercana por puro
milagro, rescatando de igual forma algo de comida que rápidamente racionaron
para evitar pasar hambruna hasta su rescate, además de eso lo único que tenían era la ropa
mojada que llevaban puesta. La cuestión, sin embargo, era que
probablemente el rescate tardaría mucho en llegar, ya que Sergio y Sofía habían
salido sin avisar a nadie en un tipo aventura amorosa no permitida que
aprovecharían para hacer realidad su más oscuras y torcidas fantasías sexuales
en medio del mar, así no habría problema de que alguien escuchara a Sofía
gritar escandalosamente mientras era penetrada por Sergio.
En el momento
en que se vieron como náufragos en aquella isla en medio de quién sabe donde,
Sofía se puso como histérica pensando en que realmente había sido una tontería
realizar el viaje; le sacó en cara una y otra vez que todo era su culpa, que
fue una mala idea haber robado el bote de su padre sin saber absolutamente nada
de navegación, también le dijo mil veces que estaba harta de sus arranques
infantiles y que quería ver ahora cómo se las arreglaría para salir de esa.
Sergio por su parte había mantenido la calma lo suficiente como para evocar
todos los tips de supervivencia que había escuchado alguna vez en televisión o
leyó en alguna revista de esas que están en los consultorios médicos, también
dejó que Sofía le gritara todo lo que le diera la gana pues sabía que después
de eso se tranquilizaba y escuchaba atentamente lo que había que hacer.
Así pues, una
vez que Sofía se calmó, Sergio le indicó que lo primero que habría que hacer
era reunir rocas o cualquier cosa que sirviera para llamar la atención por si
acaso pasaba algún helicóptero por la zona, después seria una buena idea que se
repartieran las tareas: él iría a buscar cualquier cosa que se pudiese comer, mientras
ella construiría una choza, después irían a recolectar leña juntos por si hacía
frío repentinamente por la noche, y esperarían al siguiente día. Calmadamente,
se quitaron la ropa mojada y dedicaron el resto del día a conseguir comida,
resguardar los víveres y racionarlos económicamente, armaron una chocita
bastante inestable y consiguieron la leña; Sofía preguntó a Sergio si creía que
habría animales salvajes, a lo que él contestó que seguramente no, aunque lo
hizo sólo para tranquilizarla ya que sabía que probablemente habría serpientes
venenosas al menos. Caída la noche, el clima comenzó a volverse más fresco, así
que Sergio encendió una pequeña fogata y se sentó junto a Sofía, mirando ambos
al horizonte.
--No está tan
mal—Dijo Sofía de pronto y Sergio la miró extrañado—Queríamos privacidad y
aventura ¿no? Pues aquí la tenemos: estamos en una isla, solos, sin nadie que
nos diga qué hacer y pudiendo hacer lo que queramos; seguro nuestros padres
pensarán que huimos juntos por pura necedad, y eso será hasta que mi padre se
de cuenta de la falta del bote; pero mientras eso sucede, somos libres.
Sergio sonrió
y le tomó la mano, y seguidamente Sofía comenzó a besarlo primero con ternura,
luego un poco más agresiva, hasta que pronto los dos se vieron completamente
envueltos en el preámbulo amoroso que seguramente terminaría en una sesión de
sexo muy diferente a lo que estaban acostumbrados y, sobre todo, libre.
Al siguiente
día, Sergio se despertó sudoroso y algo lleno de arena; Sofía ya estaba
despierta y revisaba minuciosamente lo que tenían para comer: era demasiado
poco. Todo lo que habían rescatado del bote antes de hundirse era lo suficiente
como para comer bien durante un día, el resto era algo de musgo (Sergio había
escuchado alguna vez que se podía comer) y frutillas de las cuales Sofía dudaba.
Cuidadosamente y pensando en que era incierto el tiempo que estarían ahí,
segmentó la comida en pequeñas porciones, una de las cuales hizo llevar a
Sergio aclarándole que debía comerla despacio, y que además sería buena idea
arreglárselas para encontrar agua.
El día
transcurrió lentamente, pero lleno de actividades para hacer: Sofía intentó
estabilizar la chocita para no preocuparse de que se les viniera encima
mientras dormían, preguntó a Sergio si podrían intentar pescar y éste creyó que
aunque sonaba como algo descabellado, podría servir; también se dieron cuenta
que había palmeras con cocos, de los cuales podrían extraer agua y algo de
comida extra, el problema sería bajarlos. Durante ese día, Sergio y Sofía se
vieron posesos por una lujuria extrema, quizás porque andaban los dos con poca
ropa, quizás porque el hecho de sentirse solos permitía que se dejara volar la
imaginación, así que se dedicaron a hacer el amor cuando se les antojaba, como
quisieran, en la playa o bajo la chocita, y podrían gritar y decirse las cosas
que nunca habrían pensado decir al estar en la ciudad; después se quedaban
tumbados uno junto al otro, y hablaban acerca de lo que estaría pensando la
gente por su desaparición, se preguntaban si los rescatarían o si encontrarían
la manera de vivir plácidamente en ese lugar apartado.
Conforme
pasaba el tiempo, las circunstancias se volvían mucho más difíciles de lo
esperado: lo que en un principio vieron como un nido de amor y depravación,
ahora era un escenario en el cual intentaban desesperadamente sobrevivir día a
día. Sus pieles estaban rojas por la prolongada exposición al sol, también
curtidas y en algunas partes habían aparecido llagas. Sofía se ponía de mal
humor y pasaba la mayor parte del día llorando, y Sergio estaba harto de buscar
comida todo el día y además aguantar los reproches de Sofía por no haber
conseguido lo suficiente; los cocos eran difíciles de conseguir por la proeza
de bajarlos de las palmeras, y sus intentos de pesca no habían resultado
provechosos, no conocían otras cosas qué comer de la vegetación y la comida
decente rescatada hacía tiempo que se había terminado. Poco a poco, el horror
de la realidad se materializaba frente a ellos.
Sofía y Sergio
terminaron por tener problemas entre ellos; Sofía quería que Sergio fuera más
atento con las necesidades y que también la consintiera cuando se sentía de mal
humor, pero Sergio solamente quería utilizar su tiempo libre (el poco que
tenía) para relajarse y descansar antes de volver a la faena diaria.
Rápidamente comenzaron a aparecer discusiones por tonterías sin sentido: Sergio
gritó a Sofía porque la choza tenía agujeros, Sofía golpeó a Sergio al verlo
hurgando en la comida ya que pensó que tomaría algo sin consultarlo; más tarde,
Sofía había estado llorando porque extrañaba su casa y su familia, y Sergio
intentó consolarla besándola en el cuello. Sofía no se sintió cómoda y pidió
que parara, pero Sergio ya había perdido la cordura y se abalanzó sobre ella,
acariciándola a la fuerza, besándola, mordiéndola hasta hacerle daño e
ignorando los gritos.
La soledad y
las condiciones precarias habían provocado que Sofía y Sergio perdieran poco a
poco la cordura; ella se volvió retraída después de aquella noche, temerosa, ni
siquiera se atrevía a decirle a Sergio que no tocara la comida que no le
correspondía. Él continuó con su actitud barbárica, atemorizando y gritando a
Sofía cada que se le antojaba, pasando el día tirado a la sombra de alguna
palmera y obligando a que Sofía lo complaciera sexualmente si lo necesitaba. La
muchacha ya no quería seguir ahí, quería que la rescataran lo más pronto
posible pues no soportaba el cambio tan repentino de su novio; el hombre dulce
al que amaba ahora era una bestia sin sentimientos que la trataba como a un
animal. Se preguntó repetidas veces si habría sido el sol, o la sal del agua, o
quizás algo que comió y lo empezó a transformar por algún efecto tóxico;
también cuestionó si fue su culpa aquel cambio, si debió haber accedido a hacer
el amor aquella noche, o si por llorar tanto él ya estaba harto. De nada
obtenía una respuesta.
Llegó la noche
en que no había comida ni agua, Sergio había destruido la chocita en un ataque
de ira cuando Sofía no había accedido a sus demandas sexuales por tener la
regla, y ahora ella tenía un diente roto y el ojo morado por la paliza que
Sergio le propinó antes de violarla nuevamente. En todo el día no se habían
hablado, ni se habían mirado siquiera, y no fue hasta que Sergio intentó
tocarla nuevamente que Sofía saltó encolerizada y comenzó a gritarle que era un
guarro, un estúpido, una bestia a la que habría deseado nunca haber conocido ni
mucho menos haber accedido a hacer aquel viaje estúpido por el que comenzó todo
lo que estaban viviendo; escupió y maldijo a él y a toda su familia, le lanzó
piedras y ramas y hojas que tenía a su alrededor, pateó y arañó a Sergio
mientras él respondía a los golpes con el doble de fuerza. El forcejeo se hizo
intenso, y un Sergio que parecía poseído, con ojos inyectados de sangre y una fuerza
que quién sabe de dónde fue sacada, sujetó a Sofía por el cabello, y le azotó
la frente contra una palmera. Sofía quedó inconsciente, y Sergio siguió
golpeando con furia la cabeza que pronto pareció un clavel de piel reventada;
tomó entonces una piedra grande y siguió golpeándola, arrancando la piel a
jirones con sus manos y dejando que la arena absorbiera la sangre, exponiendo
el cráneo blanco y después partiéndolo en pedazos. Pronto vio una masa
gelatinosa, ciertamente grisácea y llena de sangre que lucía apetitosa, y presa
del hambre que le carcomía su propio estómago, Sergio arrancó un generoso trozo
de cerebro y se lo llevó a la boca.
Devoró el
manjar en cuestión de minutos, después sonrió con dientes ensangrentados: a
pesar del sabor a hierro, estaba feliz porque el cerebro de Sofía tenía
justamente la consistencia de un flan.
domingo, 19 de agosto de 2012
¿Fin?
A la media noche decidí que ya nada valía la pena; no tenía amigos, mi familia pasaba de mí y los estudios ya no me llenaban igual que antes. Recuerdo cuando me era increíblemente grato lograr las más altas notas de la clase, ser mejor que los demás, tener los exámenes perfectos y los trabajos impecables... y ahora, bueno, ahora pienso que simplemente son cosas para las cuales no fui hecha.
Tenía amigos en la facultad, salíamos a fiestas y nos divertíamos, pero de pronto las cosas empezaron a cambiar: me fastidiaban más de lo normal, no soportaba tenerlos cerca, rechazaba las oportunidades en que podía convivir con ellos y sus conversaciones me parecían tan vacías que me molesatban. Poco a poco empecé a alejarme, a poner pretextos para no acudir a las fiestas, a sentarme durante largas horas en un rincón mientras leía o escribía cualquier tontería que se me viniera a la mente; me volví solitaria, sombría, ausente.
Así pasó el tiempo, no sé cuánto porque dejé de contar los días en el momento en que me dí cuenta que todas las horas eran iguales, pero sé que fue lo suficiente para haberme colmado la cabeza y el corazón de frustraciones y deseos de terminar con todo.
La mañana siguiente me levanté temprano y fui como siempre a la escuela; me senté en mi rincón favorito y leí durante la primera clase, durante la segunda puse atención porque era interesante, y en el receso salí a fumar un cigarrillo al lado del aula 7; pasado el tiempo permitido de descanso, regresé a mi rincón y reanudé mi lectura. Terminando las clases, pasé a un parque cercano a mi casa y me senté a la osmbra de un árbol, en el pasto, donde sabía que nadie me iba a molestar, y comencé a escribir lo que sería mi último texto. Decidí hacerlo ahí para sentirme libre, para que al menos mis últimas palabras vieran más directamente la luz del sol y no solamente la proviniente del foco de mi cuarto; quería que al menos el viento y el pasto y las aves que revoloteaban supieran que a pesar de la crudeza de mis letras, había sonreído por última vez a la vida.
En casa, limpié mi cuarto y ordené mis cosas en varias cajas que destiné a los lugares que creía más convenientes: una parte de mis libros irían a la biblioteca de la escuela, mientras que la otra ya tenía anotado cuidadosamente el nombre de su próximo propietario en la cara interior de la portada; los apilé y dejé una nota encima para que se entregaran a quienes correspondían. Mi ropa también se dividió en lo que sería para el albergue, lo que ya no usaba porque esatba viejo, y lo que decidí que mi hermanita debía quedarse; también le dejé a ella gran parte de mis pertenencias, como mi violín, el teléfono celular y en realidad todo lo que ella quisiera conservar.
A las 11:32 de la noche encendí mi último cigarrillo junto a la ventana de mi habitación y puse la carta sobre la mesita de noche, al lado de la Vírgen de Guadalupe que mi mamá me regaló por mi cumpleaños y donde explicaba que era culpa de todos, después encendí el modular y puse mi canción favorita bajo la opción de repetir una y otra vez. Quería morir escuchando lo que más me gustaba.
Del armario saqué una pistola, era negra y algo vieja pues la había conseguido de contrabando a una persona a quien no conocía, pero aún así tenía la certeza de que funcionaba correctamente pues antes la había probado en el campo disparándole un par de veces a latas vacías. Me senté a la orilla de la cama, puse el cañón de la pistola en mi boca y después de respirar hondo un par de veces, tiré del gatillo.
Un dolor agudo me despertó repentinamente; sentía que la cabeza me iba a estallar, abrí los ojos pero no pude ver bajo qué techo estaba, o qué hora del día era, tampoco escuchaba absolutamente nada a mi alrededor. Me asusté, el pánico me invadió repentinamente, no me gusta la oscuridad ni tanto silencio; lloré, pero no sentía lágrimas que mojaran mi cara. Llevé mis manos a mi rostro en un gesto de desesperación, y sentí las vendas, y hurgué debajo de ellas con aún más desesperación que antes, y creo que grité mil veces sin saber exactamente qué decía hasta enmudecer al encontrar que debajo del vendaje lo único que había era carne deshecha, suturada en todas direcciones, tibia, húmeda y dolorosamente aún viva.
Fallé.
viernes, 17 de agosto de 2012
Menta y mentira se parecen
--Ya no eres la misma, ahora es
raro verte satisfecha; a mi esposa tengo que dedicarle media hora en las
mañanas, mucho más de lo que le dedico a Carmelita… por eso me gustó ella, por
eso y sus cabellos negros, tan oscuros, pero con mechones más claros de
destellos rosados que hacen juego con los reflejos azules de la negrura de su
melena. Desde que la conocí supe que era diferente…
--Entonces
puedes ir y quedarte con tu Carmelita esa, sea lo que sea…
Hubiera
sido bueno que se creyera la mitad de sus palabras, pero nada de lo que estaba
diciendo le parecía que fuera completamente sensato. Galatea se decidió a dar
media vuelta solamente y seguir su camino por aquel puente que se erigía por
encima de un río seco pero de verdes orillas; sabía, pese a todo, que las
palabras que Dionisio le decía no tenían ni la más mínima gota de credulidad, y
que no había satisfacción, ni esposa, ni Carmelita que realmente existiera,
sino que todo lo que el comentaba era fruto de su ego herido.
Para
Galatea, Dionisio no significaba otra cosa más que el anclaje al pasado, lo que
impedía que tuviera la oportunidad de seguir creciendo como la mujer que
siempre había soñado con ser; lo que en alguna ocasión se consideró el oasis en
medio del desierto, ahora lo consideraba solamente como un vil espejismo más
que se expandió frente a sus ojos sin importar qué era lo que provocaba en la
pobre Galatea. Dionisio también significaba la fortaleza perdida inútilmente y
atada a una pequeña estaca, como el viejo cuento del elefante del circo. No es
que el chico fuera inútil, sino que simplemente se había acostumbrado tanto al
fracaso que ahora el éxito le parecía como una medalla de oro imposible de
alcanzar, como los anillos de Saturno, como el sol que no puede ser alcanzado
sin quemarse en el camino.
Muchas
veces, los relojes se habían detenido para Galatea y Dionisio, y ya no existía
el tiempo ni el espacio en los propios espacios que ellos mismos habían
construido para sí; las personas que los rodeaban parecían simplemente como
vagos espectros, cuerpos sin alma ni conciencia que los acechaban como zombis
entre los matorrales de un descampado, pero la mortandad en vida, la
putrefacción en potencia de los cuerpos vivos solamente era el fruto de las
perturbadas y enamoradas mentes de dos personas que se envolvían mutua y
estúpidamente en papel celofán que no los ocultaba del mundo, pero
transformaban la realidad de manera que sólo ellos, dentro del envoltorio, se
percibían tal cual al otro dentro de la medida que se sentían capaces de
aceptar.
En
más de una ocasión, muchas más de las que Galatea era capaz de recordar, ella
se había preguntado si con fría agua y refrescante aliento era como Dionisio
intentaba ocultar el fuego que tenía dentro de sí, la pasión que le embriagaba
cuando intentaba poseer para él y nada más el cuerpo completo de la pobre
fémina indefensa que tantas tardes se entregó a él; se preguntó también si la
útlima vez que se vieron, aunque pareciera como pasaje sacado de un sueño lleno
de estupefacientes y alucinógenos de Galatea, tenía el mismo sabor frío
mentolado pero mentiroso de las láminas que solía consumir el Dionisio de carne
y hueso. De haber sido ficticio, los detalles y hechos que ocurrieron entonces
no tienen ningún indicio de ser lo suficientemente significativos como para
seguir prestándoles más atención de la que reqieren; de haber sido real,
entonces aquello significaba el rechazo a lo que les rodeaba en el instante,
pero al mismo tiempo la preocupación de que las últimas palabras de alguien no
fueran sino escritas, escupidas de manera automática y agresiva hacia la vera
de Galatea, quien con mano temblorosa y aliento atascado entre la garganta y la
boca apenas si es capaz de comunicar pocas palabras entrecortadamente antes de
dejarlas de lado.
“Hola,
disculpa pero no lo encontré…”
Pero
no era cierto, a final de cuentas lo que realmente no se había encontrado era
la propia parte de Galatea que estaba dispuesta a dar por terminada le petit mort del cuarto sin paredes
desde el cual se apreciaban las orillas de un playa inexistente. En ese momento
parecía que no existía nada más que pudiera valer la pena ni ser más
importante.
--Pero
si has estado soñando, Galatea—se dice para sí misma mientras permanece de pie
en una verde llanura—por eso no puedes controlar nada de lo que haces.
¿Y
la mente y el inconsciente son capaces de ser controlados? El problema de
Galatea no era el ser o no ser, las mentiras o las verdades, la realidad o la
fantasía que muchas veces se presentaban entremezcladas delante de sus ojos,
sino la incapacidad de saber distinguir entre vaina y veneno, entre gimnasia y
magnesia como era que muchos a su alrededor decían, pero a final de cuentas aún
seguía existiendo esa parte de ella que le hacía ver que aún cuando la frialdad
de algo parezca tan evidente frente a sus ojos, incluso sobre su piel, el
efecto ilusorio solamente duraba unos cuantos instantes antes de que la
realidad templada saltara a los sentidos de quienes estaban presentes e
involucradísimos en el desarrollo de la misma.
La
esposa de Dionisio, la Carmelita de negros cabellos y destellos rosados y
azules, el tiempo que se desperdiciaba por las mañanas, la satisfacción de
Galatea, el desdén de la misma hacia todo lo anterior y la misma falsa falsedad
de las mentiras de Dionisio sólo eran versiones mentalizadas…
Mentalizadas…
De
menta-lizadas, hechas de menta…
O sea, una
mentira.
Y es que al
final menta y mentira se parecen.
Grilllito Escritor
A las 11:24 en punto de una noche
por mediados ya de abril cuando, tirada en mi cama y mirando el techo granuloso
y lleno de estrellas fluorescentes que en alguna ocasión conseguí en el país
vecino del norte, de pronto me exclamé
con fingido asombro “¡Seis y dos son ocho… y ocho dieciséis!”
Si, claro… hubiera adivinado eso
desde hacía mucho tiempo, cuando en mi infancia solía jugar con la estúpida
muñeca que dejé de ver en alguna ocasión, aquella que siempre estaba vestida de
azul y que intuyo ha permanecido en el desván después de que, cuando yo contaba
con 6 años de edad, la pobre muñeca se contagió de gripe y me fue imposible
curarla con sus dosis diarias de jarabe suministrado con un tenedor. Debí tomar
en consideración el hecho de que la consistencia del jarabe no era la más
adecuada para el instrumento de trabajo con que seguramente un doctor titulado
ilegalmente desde las inmediaciones de Tepito recomendó.
Como sea, el desván debió
volverse desde entonces el hogar de la pobre muñeca ya embarrada completamente
de medicamento; con el paso de los años no sé qué espíritu demoniaco –y en
realidad es algo que ignoro por mi temor a aquellas cosas– se apoderó del pobre
cuerpecillo de la fulanita en cuestión que logró entonces deformarlo por
completo, logrando despojarle de un brazo (la mutilación no está por demás) y
provocando alteraciones tales que conllevaron a la emanación de secreciones a
través de la glándula lagrimal en forma de desecho de madera. Dicho de otra
forma, lagrimitas de aserrín.
Y claro, ¿cómo no me di cuenta
que el meollo del asunto recaía en los estúpidos roedores que no tardaron en
hacerle compañía en aquel viejo desván? Ahora entiendo que los mismos
seguramente pertenecían a un culto de ratones narcosatánicos que veneran a
aquella cucaracha voladora que en algún momento resucitó de entre los muertos y
multiplicó las palomitas. Era de esperarse que el brazo lo perdiera en un culto
a su dios, y que su llanto ya modificado fuera también consecuencia de la
ofrenda malévola a la resplandeciente, oscura y pulcra cucaracha ya venerada.
El plumero, el recogedor, la
escoba y el viejo beliz no se pueden escapar de ser partícipes de la situación,
incuso también un comal que en alguna ocasión habló con la olla en la cocina.
No entiendo sus conversaciones fuera de lugar, tan llenas de cuestiones que
solamente arman pedos entre las personas involucradas. Todas las incoherencias
ambientales llevaron a preguntarme acerca de cómo fue que las orgías
interinstrumentales del desván lograron expandirse a otras áreas de la casa,
hasta que misteriosamente aparece de pronto un pequeño ratón que seguramente
emigró desde las orillas recónditas del desván hasta la cocina; supe que no se
trataba de algo común por el claro pelaje, casi rubio, casi trigo y su sexy
acento anglosajón. Un ratón gringo que seguramente fue extraditado a manera de
respuesta ante la ley anti-inmigrantes propuesta por los ratones
narcosatánicos, o quizá por aquella negrita cucurumbé que de pronto amaneció
con un arranque de celos hacia el pequeño ratón rubiecito porque ella quería
ser cómo él, porque quería ser blanca como la luna y la espuma que tiene el
mar.
El segundo en la lista de
sospechosos es el negrito bailarín, el que usaba bastón y bombín, que
seguramente estaba en complot con la negrita cucurumbé dado que sufría de
esclavitud y explotación laboral, corporal y probable prostitución, y de quien
también se duda por su tremendo parecido al mismo pescado que, se rumorea, le
dijo a la negrita cucurumbé que asi negra era bonita… me supongo, quiero creer,
que en realidad lo que le hizo fue un lavado de cerebro con agua de mar para
llevarla al lado oscuro (no, no por el color de piel). Por cierto, ¿cuál agua
de mar? Seguramente estaban en la pecera de la sala.
No hace mucho me he enterado que el líder de la secta era
aquella araña que amaba a la pobre muñeca junto con el viejo beliz, la misma
que en el fondo de un barril desvencijado bailaba tango en sus hilos, al ritmo
del instrumento imitado por Don Gato con un farolito de papel, con tres pasitos
arrastraditos pa’ adelante y para atrás. No sé cómo pude pasar por alto que
entre el público de la araña se encontraban brillantes cucarachas aburridas.
Todo es sospechoso.
TORN - A - SOL
Gira, gira… gira sin llegar a ningún lado, siempre frente al
espejo de una caja en la cual vivirás para siempre encerrada. No existen aquí
los soldaditos de plomo que te rescaten de payaso de la caja musical. Me cuestiono
acerca de lo que harás en estos momentos al respecto.
Vestida de rosa, la pobre bailarina de porcelana sigue dando
vueltas sobre la punta del pie derecho; de haber tenido uñas éstas ya estarían
encarnadas dolorosamente y de seguro el terciopelo azul cielo del joyero ya
estaría teñido de rojo carmesí, aunque ¿qué hay dentro de las venas
inexistentes de una bailarina de porcelana?
—Sangre verde tornasolada—dice el payasito de la caja—Sangre
verde tornasolada…
…verde tornasolada…
...verde tornasolada…
…verde...
…tornasol…
…torno… sol…
Giro…
Y gira…
Y da vueltas bajo el sol sin llegar a ningún lado. Y el verde
de los ojos apenas si puede distinguirse.
Suena la música, tan repetitiva como el mismo baile de la
pobre bailarina pálida y frágil, que no siente el son en su cuerpo, que no expresa
sus emociones en sus movimientos.
¿Y qué harías, pequeña bailarina, si en lugar de brazos
blancos y fríos tuvieras alas de madera?
—Prenderle fuego…—dice el payasito de la caja
musical—¡prenderles fuego!—y salta con violencia fuera de su aposento, balanceándose después
vacilonamente mientras sostiene la sonrisa macabra que asusta al gato.
El gato brinca de la cama hacia la mesa…
El joyero de madera cae al piso…
La bailarina blanca de sangre tornasolada se deshace
partiéndose en pedazos.
Ya no giras, bailarina, frente al espejo que se rompió
contigo.
viernes, 10 de agosto de 2012
Maribel
Cuando la vio, Maribel sintió
asco; tenía la piel de color gris, apagada y reseca que le recordaba tanto a la
piel de los muertos. Los ojos, que antes fueron vivaces y llenos de luz ya sólo
albergaban… nada, realmente nada, nada hundida en el rostro, haciendo parecer
más profundas las cuencas y resaltando los pómulos puntiagudos que acentuaban
su aspecto cadavérico… estaba desnuda, con los huesos tan expuestos que parecía
querían salir huyendo a través de su piel, o lo que quedaba de ella, pues ahora
solo parecía una delgada membrana pegada al esqueleto; las costillas y
clavículas lucían amenazantes, los brazos caían inertes a los costados con una
debilidad tan notable que hasta dolía verla, y las piernas flaqueaban bajo un
peso inexistente.
Para
Maribel la impresión fue demasiada: la recordaba tan distinta, tan llena de
vida y con un cuerpo lo suficientemente sano y atractivo como para llamar la
atención de los hombres que pasaban a su lado, y ahora era como la sombra de
una sombra desvirtuada del nardo en el pantano que sólo alcanzaba a ir más allá
cuando el sol se ponía. Maribel no tenía idea de cuánto tiempo había
permanecido aislada, sola, encerrada en aquel lugar, y es que lucía tan
inhóspito que aquello presentado en las películas de terror le quedaba corto:
oscuro, húmedo, con una pequeña ventana de viejos barrotes oxidados que apenas
permitían el paso de unos cuantos rayos de luz; las paredes frías parecían
llorar la situación, y cientos de arañas negras de largas y frías patas
recorrían las mismas o esperaban ansiosas capturar una desubicada mosca que se
enredara en sus telas. No había piso como tal, sino que una gruesa capa de
pegajoso barro se extendía por el cuarto, absorbía heces y cuidaba gusanos, y
si estaba de buenas dejaba que una rata le hiciera cosquillas al correr sin
rumbo fijo. En la pared más lejana, un mugriento espejo que apenas si reflejaba
su entorno se posicionaba rígido y muerto.
—Qué
te ha pasado?—Comienza a decir Maribel al “esperpento” que sonríe con mueca
torcida—Mírate a ti misma, observa como la vida se escurre poco a poco a través
de tu piel casi muerta; en tus ojos puedo ver tu interior, tan muerto como la
rata que cuelga del espejo… ¿has dormido? ¿Has comido?
—¿Quién
lo necesita?—Responde “aquello”—Dormir te priva de disfrutar la vida y comer
absorbe la vida para rehuir a la muerte. Para vivir necesitas despertar tu
espíritu y unirte al universo,, sin nada que te ate a la tierra; debes fusionarte,
volar, ser aire y barro y agua que embriagaban tu espíritu. Morir implica
entrar en vida nueva, y a veces dar vida; te descompones y tus ojos e
intestinos alimentan gusanos, que alimentan la tierra, que a su vez alimenta
plantas y animales que darán de comer a los humanos al tiempo que se sacrifican.
Cuando mueres, te vuelves más vivo que en vida, estás en todos lados y hasta
puedes invadir la mente de los demás, te vuelves santo, mártir, reina, agua,
estrellas y viento… ¡Todo!
—También
mueres en vida al entregarte a algui9en.
—¡Exacto!
¡Si!—grita “aquello” y se mueve eufórico por el cuarto—Llega el punto en que
expandes tu conciencia y sientes poco a poco la sangre en tus venas, el
chasquido de tus neuronas dentro de tu cabeza, el aliento de quien está contigo
tocándote con sus dedos y sus labios en lugares prohibidamente sensibles… y
agonizas, te retuerces, el corazón quiere salir de tu pecho al tiempo que te
penetran lentamente, después rápido, y poco a poco te acercas a la muerte—se
rió sonoramente—¿Verdad que provoco algo? ¡Mírate, Maribel! En este instante
deseas morir aunque sea tu sola: estás agitada, alterada, y has llevado la mano
a tu sexo sin darte cuenta… no te reprimas, quiero ver que lo hagas tal como lo
has hecho tantas veces hasta ahora.
Maribel
accedió; poco a poco fue deslizando las manos por su abdomen, el pecho, hacia
su cuello y rostro. Mordió sus labios, lamió sus dedos y los deslizó hacia su
entrepierna hundiéndolos firmemente y ahí y agilizando la agonía que tanto
disfrutaba; gemía, jadeaba, dejaba a su alma escapar en gritos semiahogados.
Abrió
los ojos y miró al espejo; sonrió al
verse a sí misma con sus huesos prominentes y su piel cetrina, con sus ojos
hundidos en un rostro cadavérico que nada tenía que ver con lo que era antes;
sola, mirándose fijamente, hablándole a aquello que a veces cobraba vida en el
espejo y la orillaba a morir un poco cada día con el pretexto de encontrar una
eternidad que regresaba al infinito en el momento en que ella volvía a
respirar. Esta vez, sin embargo, sintió a la muerte llegar con más fuerza que
antes y la recibió abriendo sus piernas.
Tal
vez en ésta ocasión el orgasmo sería interminable.
Sonríe el perro
Hacía ya mucho tiempo que las
mañanas estaban más frías que de costumbre, cosa rara ya que en pleno
septiembre no solía ser así, sino que más bien frescas, solamente frescas pero
sin ningún aire de esos que calan hasta los huesos. Pero ahora parecía raro
todo, y además de ese frío castrante que hacía que después de un rato le
doliera la nariz, había también en el ambiente el típico olor que deja la
humanidad en temporadas de feria: olor a alcohol y orines por las calles que
rodeaban catedral, más excremento de las golondrinas que en pleno vuelo de
migración, hacían parada en la ciudad posándose en los cables de alta tención a
lo largo de varias manzanas. De vez en cuando, en plena acera se veía algún
borracho recostado sobre sus propias secreciones.
Las caminatas matutinas ya se
habían vuelto tediosas, no resultaba igual de divertido salir ahora y
encontrarse suciedad y pestilencia por todos lados, que salir anteriormente y
ver a un montón de niños dirigiéndose a sus escuelas, algunos con mochilas tan
grandes como ellos mismos, otros bostezando aún, aferrándose al brazo de mamá
para que no los dejasen solos o llegando animados, sonriendo al encontrarse a
sus compañeritos. Ahora, le entristecía ver que los niños se vieran tan
cercanos a las repercusiones tan desagradables que la temporada dejaba vagando
libremente en las calles.
El día 25, saliendo de casa
encontró hecho ovillo a un perro callejero que tenía pinta de haber estado
vagando buena parte de la noche, quizás huyendo del bullicio de la gente
enfiestada, quizás buscando al mismo tiempo las sobras que muchos dejaban sobre
las aceras, en las ventanas bajas o a media calle con descaro. Estaba sucio,
con pequeñas basuritas pegadas en el pelaje, y parecía que además de no haber
comido en mucho tiempo, había pasado una noche de frio. Al escuchar los pasos,
el perro alzó la vista y de pronto pareció tremendamente triste; aquello le
enterneció tanto que decidió regresar a casa, tomar un pan duro, sobras de la
comida del día anterior y un recipiente con agua, y dárselos al pobre can que
en silencio clamaba algo de comer.
Cuando puso el alimento a su
alcance, el perro se precipitó ansiosamente sobre las sobras moviendo
enérgicamente la cola peluda y sucia; después de algunos bocados, le dirigió una
mirada asustada, como esperando que lo golpearan. Pero nada sucedió, y el perro
pudo seguir comiendo tranquilamente.
Días después, en una de sus
caminatas matutinas diarias, volvió a toparse con aquel perro amarillo; se veía
igual que antes, incluso con la misma mirada triste. Sin embargo, al cruzar
directamente miradas, el perro meneó la cola y levemente, le sonrió.
Tormento al paquidermo
Después de la presa seca, siguiendo
el mismo camino lodoso por el cual habían llegado a ella y justo después de la
cerca desvencijada de madera hongosa y podrida por la humedad de la época, la
calle subía hacía la escuela secundaria siendo flanqueada prácticamente toda la
trayectoria por lotes baldíos polvorientos con tristes hierbas solitarias
pegadas a las paredes de las pocas casas existentes. Junto a la escuela, la
casa de Ariadne ya estaba ocupada con visitas inesperadas.
La piscina estaba llena ya de agua,
así como las piletas correspondientes a los flancos azulados de bordes
irregulares y amenazantes de precipitada profundidad; Karla, en la sala,
presumía ahora su nueva mascota que había encontrado en algún lugar de la
calle, o quizás en la presa seca y su isla misteriosa rodeada de pantanos
semiáridos cuarteados pero ligeramente mojados. El pobre elefante bebé miraba
asustado a su alrededor, sin saber por qué la correa de su cuello estaba tan
ajustada, ni a qué se debían los incesantes golpes que Karla le propinaba sin
una razón que la propia razón humana hubiese entendido en el instante.
Una indignada Ariadne alza la voz a
plena sala ¡No es posible que realice semejante maltrato! Observa cómo, aún
cuando el pequeño elefante intenta ser arrancado de las manos de Karla, ésta
sigue torturándolo y riendo maliciosamente sin inmutarse por el animal que
agonizante barrita bajo sus manos.
Ariadne llora y patalea por el
dolor que la propia imagen le causa; intenta persuadir a toda costa a Karla
para que cese la barbarie, le grita y la sujeta, se interpone entre ella y el
animal, y finalmente se abraza para protegerlo y tranquilizarlo.
Karla se detiene y mira
atentamente; después, sin titubeos, toma la cola del elefante y la parte en
dos.
martes, 10 de julio de 2012
Revive
Parece ser que en éste momento no me queda más que
resignarme a formar parte de las cosas que de alguna manera siempre estoy
negando; si bien ellos me negaron a mí primero, me rechazaron, ahora les
regreso un poco del rechazo que tan inconscientemente cargué en mi piel por 22
años y medio.
Felicidades, Aydee, por tu no cumpleaños que has escrito en
una red social llena de frivolidades y banalidades, de gente que con dos puntos
y un paréntesis cerrado pretenden envolver de sentimientos falsos unas palabras
que tantas veces se parecen a las mpias (mpias: soy incapaz de escribir
correctamente ¿será que me resisto?)… corrijo: se parecen a las mías, tan
forzadas y estrujadas inútilmente al querer obligarlas a salir de la mente,
atascándose entre mis dedos que van y vienen por el teclado casi de manera
automática.
“Si, ya voy” digo con desgano a mi madre, así como le dije
con una sonrisa burlezca que simplemente prefería hacer la nada en la soledad
del cuarto que me he apropiado pero que me rehúso a habitar. Las imágenes de
santos y las cruces deben de salir de él, así como el montón de piezas del
pasado que estorban por doquier, incluso en la recámara que sí habito
normalmente. Me detengo a escribir, a ver si así alivio un poco todo lo que ya
me viene molestando desde hace algo de tiempo…
…
Interferencia en los pensamientos.
Da igual, mejor emprendo la partida. Sigo diciendo que las
cosas no son las mismas cuando no estás, porque no vale la pena hacer algunas
cosas sin tener quien las valide, es como simplemente no hacerlas, como el
árbol que cae en un lugar solitario y nadie sabe si ha provocado ruido. Más,
dentro de todo, es curioso que estando tú por dentro, sin estar fuera y
siguiendo estando en un lugar que no sé cuál es, te busco en letras que no
tenían la intención de acercarnos en aquel entonces.
Estamos sin estar, ambos, en el mismo momento pero en formas
diferentes.
Me voy.
Cuento de sábado en la noche
De pronto ya no se sentía como si
estuviese en las típicas pesadillas donde existen monstruos horripilantes que
salen de debajo de la cama por las noches en que el viento sopla y mueve
tétricamente las ramas de los árboles, pareciendo que éstos cobran vida propia
y esperan amenazantes el momento ideal para atacarte a través del cristal de la
ventana; era una noche más bien tranquila, silencia, el tipo de noches que
solía disfrutar estando en soledad, quizá fumando n cigarrillo y observando
cómo el humo de éste se arremolina siendo tenuemente iluminado por el fuego.
El negro telón de la noche ya se
había corrido sobre la ciudad y lo único que podía observarse claramente desde
el mirador eran las lámparas de la calle, así como los autos que iban y venían por
las avenidas a gran velocidad; a lo lejos, quizás, solo se escuchaba levemente
el ulular de los búhos ocultos entre los árboles de aquel paradero donde
caminaba sin rumbo fijo, sólo observando la postal que ante sus ojos se
presentaba.
Repentinamente, sintió un aire
frío recorriéndole la médula, tan frío que parecía que se trataban de cientos
de cuchillos clavándosele en la piel… o tal vez agujas; sí, agujas es lo más
parecido, de esas que se clavan hasta topar con hueso. Al darse vuela, le vio
de pie, inmóvil, con el rostro a unos cuantos centímetros y de piel cetrina,
casi tan pálida como la luz de la luna. No se movió, sino que se limitó a
clavar su mirada en los ojos grisáceos y muertos de aquella persona frente a
él; notaba el olor fétido de su respiración y se distraía ocasionalmente con el
cabello enmarañado que enmarcaba el pálido rostro. Al intentar de manera
grotesca imitar una sonrisa, una fila de dientes amarillos se asomó entre los
finos labios… y con un rápido movimiento, colocó la huesuda y fría mano en su
cuello.
Despertó sobresaltado, con el
hocico del perro muy cerca de su rostro y un calor insoportable que le había
sudar hasta por las orejas.
INN
Sonidos.
Escucho la respiración del mundo,
de los árboles, de las aves que pasan volando fuera de mi ventana y surcan los
cielos con las alas de colores que nunca pude obtener aunque arrancara de ellos
las plumas de forma desesperada, sin que el piar lastimoso lograra corromper la
templanza y dedicación con la cual me apropiaba de los únicos rasgos de
libertad que podía tener conmigo.
La sangre tibia resbala por mis
manos y entre mis dedos, llega hasta mis faldas blancas que casi inútilmente he
intentado proteger del carmín de la vida que ahora hay en mí. Soy como dios, doy
la vida y la arranco de los cuerpos cuando me da la gana y nunca me canso de
ver cómo la luz abandona los ojos de las pequeñas criaturas que se retuercen
entre mis manos porque cada vez es diferente, cada vez es más excitante sentir
ese poder de acabar con la perfección en un desenfrenado intento de apaciguar
el holocausto interno, de asesinar a los propios demonios que arrancan y
carcomen el cerebro pero que me dejan con vida y en total cordura para seguir
viendo atónita cómo los demás se quedan tranquilos, hundidos en un averno de perfección que destruye más
diabólicamente sus mentes.
Las fantasías son para los locos,
para las personas que no han entendido que solamente somos criaturas que
intentan sobrevivir a las catástrofes de la vida, que se rigen por escuálidas
formas misteriosas que apañan los sentidos incluso en los días más soleados o
bajo las lunas más brillantes ¡Son las mismas sombras que se proyectan sobre
las paredes blancas de mi habitación, que me hablan con voces que se confunden
con el viento entre los árboles, que me cantan con sonidos similares a los
aullidos de los lobos! Son las sombras que todas las mañanas opacan los espejos
y se cuelan hasta mi interior a través de mis pupilas ya completamente abiertas
como invitándoles a que entren cuán dueño de un aposento abandonado; piel
pálida y labios resecos detrás de cabello negro enmarañado es lo que he
obtenido como recompensa por albergar a las almas del mundo en mi cuerpo… ¿Y? Son los estigmas
de mi devoción, idénticos a los huecos de clavos y heridas que ustedes veneran.
¿Por qué me miran así cuando digo
que quiero pintar las paredes con la vida de la gente? Si las propias paredes
que te encierran en la locura tienen sangre y nombres…
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